Crear o comprar software: el criterio de SUNAT que redefine la decisión tecnológica en las empresas

En un escenario donde la inversión en tecnología se cruza directamente con la gestión tributaria, la reciente interpretación de la SUNAT introduce un factor clave que las empresas no pueden ignorar. A partir del análisis publicado por Diario Gestión, se evidencia que la decisión entre desarrollar software propio o adquirirlo en el mercado ya no es solo técnica o estratégica, sino también fiscal.

El punto de partida es claro: una empresa consultó si el gasto en el desarrollo interno de software podía utilizarse para reducir el Impuesto a la Renta. La respuesta de la administración tributaria marca una diferencia determinante entre ambos escenarios.

Según el criterio establecido, únicamente el software adquirido a terceros —es decir, aquel por el cual existe un precio pagado por la cesión de derechos— puede beneficiarse de un tratamiento tributario que permita deducir el gasto o distribuirlo en el tiempo.

En contraste, cuando una empresa desarrolla su propio software, el gasto se considera un costo de producción y no una adquisición. Bajo esta lógica, dicho desembolso no puede utilizarse directamente para reducir la renta imponible mientras el sistema esté en uso dentro de la organización.

Esto genera un impacto directo en la toma de decisiones. Aunque la inversión en desarrollo interno sigue siendo válida desde el punto de vista operativo, su reconocimiento tributario se posterga. En la práctica, el costo solo podrá ser considerado cuando el activo sea vendido, transferido o dado de baja bajo condiciones específicas.

Desde el análisis legal, especialistas coinciden en que el criterio se basa en una lectura estricta de la normativa vigente. Sin embargo, también advierten una desconexión con la realidad actual, donde el desarrollo tecnológico interno forma parte esencial de la competitividad empresarial.

Este desfase responde, en gran medida, a un cambio en las normas contables. Mientras antes estos desarrollos se registraban como gasto, hoy se reconocen como activos, sin que la legislación tributaria haya evolucionado al mismo ritmo. El resultado es un escenario donde la inversión existe, pero su beneficio fiscal no se materializa de forma inmediata.

Desde la visión de Daruchi, este contexto redefine el enfoque: la decisión entre crear o comprar software debe evaluarse de forma integral. No se trata solo de innovación o personalización, sino de entender el impacto financiero, operativo y tributario en el corto y largo plazo.

Hoy más que nunca, la tecnología y la estrategia fiscal están conectadas. Las empresas que logren alinear ambos frentes no solo optimizarán sus recursos, sino que tomarán decisiones más inteligentes y sostenibles.

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